Todo
comenzó un primaveral domingo del mes de mayo cuando decido, por
voluntad propia, conceder parte de mi tiempo a la montaña y la vida
en la intemperie. Lo que parecía llegar a ser un apacible día con
restos de otros vestigios humanos casi se convierte en una tortura,
perdida en los caminos forestales de las montañas colindantes al
término municipal de Enguera.
El
paisaje se sucede con tal similitud a nuestros ojos que empezamos a
dudar si estamos dando vueltas al mismo sitio una y otra vez. Mientas
dure la luz del sol, no tengo problema; me digo mientras compruebo en
mi mochila los víveres de que dispongo por la posible y mala fortuna
de tener que pasar la noche al raso.